Un viaje al purgatorio
Era una mañana espléndida, el sol tenue iluminaba todo a lo largo y a lo ancho del campo visual, detrás de una delgada cortina de nubes blanquecinas. Ya se acercaba el verano, y las inversiones que había realizado hacía meses por fin darían sus frutos.
El reloj despertador sonó, como todos los días a las 5:30 de la mañana. Lo apagó con el peso de la mano e inhaló el aire matutino que entraba por la ventana. Su esposa yacía a su lado, aún dormida. Luego de un segundo suspiro se levantó, se cambió la ropa por el habitual traje azul oscuro, camisa blanca inmaculada de oficina y zapatos negros recién pulidos. Acomodóse el cabello cano y confirmó que su afeitada se encontraba a la perfección. Todo debía ser perfecto.
Su esposa se despertó y desperezó estirando los brazos y saludó a su marido con unos “buenos días, querido”, aunque sabía que al inglés no le gustaban esos apodos, le parecían muy… melosos. Él contestó acomodándose la corbata con tono empresarial, frío y seco como siempre, nunca una muestra de cariño. A pesar de todo, ella lo amaba, con su frialdad y carácter reacio para con todo el mundo; solo con banqueros y empresarios con los que debía hacer negocios se mostraba a la altura, el resto era una pérdida de tiempo de la que no podía ganarse nada. TODO ERA UNA INVERSIÓN. Hasta su esposa e hijo; casarse era algo normal, y prácticamente una obligación social, y su hijo era el futuro empresario que heredaría la empresa, pensamiento en el que seguía firme, ya que ignoraba que en realidad había estudiado para médico y que las financieras no le importaban en lo absoluto.
La esposa se colocó el salto de cama blanco hecho de fina seda que hacía juego con su camisolín. Se calzó las pantuflas y bajó a preparar el desayuno: huevos revueltos, bacon a la plancha, tostadas, jugo de naranja, té,tomates a la plancha, champiñones y porotos blancos. Típico desayuno inglés. Él se sentó, colocó una servilleta sobre su regazo y bien erguido comenzó a degustar. De una forma tranquila y pausada terminó. Su esposa se acercó y lo besó en los labios, lo cual solo logró por el mero hecho de que se hallaba de muy buen humor. Difícilmente podía abrazarlo, y cuando lo hacía no superaba unos segundos. Jamás era demostrativo, pero a pesar de eso ella lo amaba.
Se fue por la puerta y se introdujo en su auto importado de un color negro reluciente; colocó la llave, la giró, pero no arrancó. El motor se había fundido. ¡Maldita suerte! Un día que aspiraba a ser casi perfecto comenzó con un bache. Tomó su maletín nuevamente y maldiciendo en su interior salió y cerró la puerta de forma estrepitosa. Suspiró para calmarse. Una vez que caminó con paso firme y bien erecto hacia la parada del autobús. En su camino se cruzó una mujer regordeta de mediana edad que llevaba el cabello oscuro y rulos enmarañados sujeto por una pañoleta roja a lunares blancos. Era una gitana, una “sucia y embustera gitana”, como solía llamarlas.
-Leeré su suerte, caballero- pronunció con voz carrasposa y con un acento muy vulgar- solo debe mostrarme su mano.
El hombre gruñó.
- Y supongo que querrá que le pague por sus mentiras, ¿no?- contestó despectivo.
- No hay mentiras, señor.- lo contradijo con cara socarrona.
-Bah!- gesticuló con la mano.
-¿No cree que destrata a su mujer con ese tipo de carácter que impone ante ella?
El hombre se detuvo en seco. La rabia subió por su cuerpo. Volteó y volvió ante la mujer adivina.
-No sabe nada acerca de mí, por lo que no tiene ni la más remota idea de lo que hago y dejo de hacer. Y aunque la tuviera, no tiene derecho a decirme lo que tengo y no tengo que hacer.
Se volvió y retomó su camino. Creyó haber callado a esa gitana de una vez por todas.
- Ella no se lo merece…- continuó- ese trato tan frío y desolado.
Se detuvo de nuevo, la miró de reojo y terminó por ignorarla.
- No se da cuenta, pero así todo lo va a perder. Pronto perderá hasta la cabeza. Su escepticismo lo llevará al borde de su cordura.
La gitana sonrió y dejó visible su podrida dentadura con apliques de oro y plata en algunos dientes.
Llegó a la parada, hallándose al final de una larga fila. Resopló. Tanteó en el bolsillo de su saco y agarró unas monedas: ERA EL VUELTO JUSTO. El colectivo se asomaba a unas calles y, finalmente, se detuvo en la parada. Todos se subieron y pagaron su boleto. Él, justo antes de subir, echó un vistazo hacia atrás; descubrió que la mujer gitana lo miraba de forma socarrona y como la voz de un recuerdo la frase resonó en su cabeza: “Su escepticismo lo llevará al borde de su cordura.”; y como continuación de ese eco también resonó, con un tono más temible: “Pronto… lo verá”
Un escalofrío recorrió su cuerpo. Como extraído de un sueño volvió a la realidad, y notó que el chofer lo estaba esperando. Ignorando, o intentándolo al menos, aquello que había experimentado subió y colocó su vuelto justo en la máquina. Se dirigió a la parte trasera del medio de transporte y vio algo que despreciaba: la “plebe”, la gente ordinaria y de clase media. Eran despreciables. Consiguió un asiento libre junto a la ventana, aunque había algunas personas paradas. Gruñó y terminó por ignorarlos. Se volvió hacia la ventana, donde el sol iluminaba su cara. Sus ojos azul profundo comenzaron a cerrarse. Sacudió su la cabeza tratando de despabilarse. No podía estar cansado, sus horarios eran perfectos y tomaba un té de hierbas especial para relajarse y dormir plácidamente. No había fallado jamás. Sus párpados se cerraban de nuevo. Estaba agotado, ¿por qué? No lo sabía. ¿Sería por el hecho de estar en un medio de transporte público en vez de su auto? Pronto ni siquiera escuchó el motor.
Escuchó un grito. Se despertó y se hallaba aún en su asiento. Miró a su alrededor, todos seguían en sus respectivas posiciones. No se movían, parecían dormidos, él no era el único al que le había pasado. El cielo era de color rojo sangre y el sol poseía una tonalidad amarilla blancuzca. Observó la calle, todo yacía en ruinas. Cuerpos sin vida decoraban de forma maquiavélica aquel escenario. Volvió a los pasajeros del autobús. No se movían. Otra vez a la calle. Pasaba otra vez por la parada inicial, y apoyada contra una pared, La gitana con tez grisácea sonriéndole con sus dientes podridos, de entre los cuales emanaba el humo proveniente de su pipa. Creyó estar soñando. El colectivo dobló y los cuerpos cayeron, desplomándose en el suelo. Se alarmó. Se paró dejando caer el maletín sin darle importancia. Trató de convencerse a sí mismo de que todo era un sueño, un maldito sueño, que el humo de La gitana producía alucinaciones.
Uno de los cuerpos rodó hacia él, quedó boca arriba y mostró el rostro de su único hijo, Ahí fue cuando de veras se espantó. Estaba estupefacto. Pronto los ojos inertes del joven de unos 30 años se movieron hacia él, mostraba la mirada vidriada de un cadáver, sin vida, vacíos.
-Tú nos mataste…- vociferó en un tono metálico que hizo eco contra el vacío- … tu actitud, tu destrato, tu avaricia, incluso tu escepticismo… mira a mamá y conoce tu crimen.
El horror lo dejaba sin aliento. El cuerpo señalaba la ventana. Miró a través de ella y como en un primer plano se encontraba colgada por el cuello su amada mujer. Gritó su nombre, pero nada ocurrió. Miró a su hijo que continuaba observándole. Corrió hasta la puerta, la cual poseía un grabado en gris: “Salta”; quería bajarse, huir… ¡¡¡quería despertar!!! Sobre la puerta había un cartel en el que había inscripto: “Hazlo, libéralos de tu represión y dales libertad. Tú eres el único que los encadena y no los deja escapar”. Tocó el timbre, pero el autobús no se detuvo, sin embargo la puerta se abrió. Iba rápido, quizás a unos 40 o 50 Km/h, ¡moriría si saltaba! ¡Quería salir! No importaba cómo, ¡debía salir de allí! El cuerpo de su hijo se arrastraba hacia él, no tenía más remedio, debía saltar. Cerró los ojos, tomó impulso y saltó. Lo último que sintió fue un golpe contra el pavimento.
Se despertó sobresaltado. Miró a todos, estaban normales, el cielo volvía a ser el de siempre. El paisaje fue lo que lo extrañó, salían de la parada de autobús. Revisó la hora, eran las 7:15hs de la mañana, el mismo horario en que había arribado al colectivo, el segundero se movía. ¿Acaso había soñado todo aquello en tan solo unos segundos? No era posible. Guardó el reloj de bolsillo y se acomodó en su asiento. Pronto sus fuerzas comenzaron a flaquear, volvía a dormirse. Por la ventana logró divisar a La gitana apoyada contra la pared, fumando su inconfundible pipa y mostrando su pútrida sonrisa. La miró con odio y repulsión, solo había sido una estúpidas pesadilla. Así calló nuevamente en un sueño del que siquiera se percató.
Fue arrancado de su posición durmiente. Adormilado miró a través de la ventana. Divisó el parque que, por lo habitual, estaba atestado de niños y parejas cursis, ahora se mostraba desierto. Era una escena muy opaca. El cielo se había oscurecido, las nubes grises colmaban el firmamento anunciando precipitaciones. “Que extraño” pensó, “cuando salí el sol se mostraba sin problema alguno, y el servicio meteorológico no había anunciado lluvias”, pero no era algo de extrañar, el clima cambia repentinamente y el servicio meteorológico se equivoca de vez en cuando. Miró el resto del colectivo, no había nadie, se hallaba solo. “¿Habrán bajado mientras dormía?”. Algo raro, pues muchas personas bajaban en la última parada del recorrido. El calor que caracterizaba aquel día fue transformándose en frío invernal que caló hasta los huesos y sintió que el saco que usaba para trabajar, el cual le estaba provocando calor ahora no le abrigaba en nada. Detrás del cristal todo se volvía blanco, la lluvia que había empezado a caer ahora era nieve blanca. De su boca el vapor salía y sus labios tiritaban sin parar, al igual que sus manos. Los cristales se empañaron, ya no podía ver nada. Abrió su portafolio y tomó un trapo que usaba para limpiar cosas del trabajo y desempañó el vidrio. Volvía a pasar por el parque, ya había pasado un buen rato desde que habían pasado por allí. Revisó su reloj. Era la misma hora en la que había subido al autobús, incluso el segundero se hallaba en el mismo lugar. No podía ser. Comenzó a inquietarse; se levantó de su asiento y se dirigió hacia el chofer. Caminó dos pasos y sintió cansancio, agotamiento, como si hubiera corrido una maratón. Una puntada atacó su pecho, se agarró con una mano, estaba agitado y le falta el aire, aún así siguió caminando en pos de dirigirse a la parte delantera del vehículo. Cayó sobre sus rodillas, se hallaba peor que antes, así que gateó en la misma dirección, y lo único que consiguió fue desplomarse sin fuerzas. Decidió volver sobre sus pasos, así paso a paso sintió que volvía a la normalidad. Respiraba agitado reponiendo el aire faltante. Se paró aferrándose de los asientos. Consiguió ponerse en pie, sin dejar de inhalar el aire que le faltaba. Alzó la vista y volvió a ver el parque, mojado por la lluvia, inundado. “Pero… ¿no estaba nevando?”. Revisó nuevamente su reloj. La hora no cambiaba. La desesperación comenzó a apoderarse de él, otra vez. Cada vez que miraba por las ventanas veía el parque, y cada vez que veía su reloj le declaraba la misma hora. Era un ciclo, un ciclo interminable. Fue hasta la puerta de descenso, donde el grabado sugería “Salta”. Un vacío se alojó en su pecho… o vientre, quién sabe. Lo leyó en voz alta esta vez. La puerta se abrió y el colectivo no cesó. Se arrimó aferrándose de los fierros amarillos. El pavimento era una masa lisa homogénea con imperfecciones apenas visibles. Debía saltar era la única forma de salir. El parque continuaba apareciendo y el reloj marcaba la misma hora y el mientras el segundero avanzaba. Sobre la puerta estaba el cartel pegado: “Hazlo, libéralos de tu represión y dales libertad. Tú eres el único que los encadena y no los deja escapar”
Las imágenes se agolparon en su cabeza, su hijo y su mujer, luego siguieron su nuera, su nieta, compañeros de trabajo que lo acompañaban y apoyaban a pesar de todo… siguieron las imágenes, hasta llegar a una muy particular: ¡La gitana!
“¡Maldita bruja!” y, a diferencia del resto, ella habló: “Ella no se lo merece, ninguno se lo merece, libéralos de tí”.
“Ella sufre, todos sufren…” pensó. Volvió a mirar el pavimento en movimiento “…por mí”. Una sensación de culpa lo fue envolviendo, algo que nunca había experimentado con anterioridad. Debía remediarlo, así que saltó sin más, y chocó contra la calle.
Se despertó sudando y agitado, había sido tan real. La misma gente se hallaba en los mismos lugares. Salían de la parada, otra vez, y el reloj marcaba la misma hora, otra vez. En su lugar, La gitana le sonreía fumando su pipa. Pensó en levantarse, pero estaba paralizado. Se secó el sudor con su pañuelo al igual que las lágrimas que corrieron por sus mejillas. Nadie lo miraba, lo cual era bueno, había una reputación que proteger. Se sentó bien y se decidió: ¡no volvería a dormirse! Mas fue algo que no pudo cumplir. Cayó otra vez llegando a la panadería “Infinitus”, como hasta ese momento.
Iba y venía, siempre era un escenario diferente, y siempre el mismo mensaje: “muere y déjalos en paz”. No sabía qué hacer, a nadie se lo podía contar.
Por enésima vez despertó en la parada de autobús, la misma gente en los mismos lugares, la misma hora de salida, y fuera La gitana, que le sonreía con su sonrisa podrida y el humo que emanaba de su boca, y al llegar a la panadería se durmió.
Se despertó suavemente, estaba en su cama, con su piyama a rallas. La ventana se hallaba abierta, las cortina flameaban. Miró al lado, donde debía yacer su esposa, y no estaba. Se levantó extrañado. ¿Todo había sido un sueño? Oyó el ruido de un estallido y luego sollozos. Se calzó las pantuflas y se dirigió hacia donde el ruido provenía. Llegó a la sala. Su esposa se hallaba parada de espaldas a él. Frente a ella su hijo sobre un charco carmesí. Ella sostenía algo entre sus manos, no podía verlo. La llamó, su voz se oyó quebrada, aunque trató de ocultar su desesperación. Se acercó lentamente. Seguía mencionando su nombre esperando contestación, pero ella solo lloraba. Miró a su hijo, quien en su sien mostraba un orificio de bala. La respiración se incrementó. Ahora fue a su esposa, entre sus dedos tenía un revolver, nuevo, inmaculado.
-No quiso esperar- Pronunció quebrada.
-¿Esperar? ¿Esperar qué?-preguntó desesperado.
-A los demás.
Fuera se oyeron tiros.
-¿De qué hablas?
-Te dejaremos en paz, querido.
Así que se apoyó el revolver en el cuello y jaló del gatillo. La sangre saltó, mojó la pared y el techo y ella se desplomó. Los disparos siguieron. Miró horrorizado por la ventana. Extrañamente eran las casas de sus compañeros y de quienes podía considerar “amigos”. Cada sonido de disparo provenía de allí. Pasó de la ventana a su familia y de ésta a las casas que se mostraban detrás del cristal. El fondo se oscurecía, El entorno cambiaba, los cuerpos se degradaban y desaparecían. No podía moverse, el horror lo convirtió en su presa. De pronto se encontraba en un subterráneo abandonado, vigas viejas, oxidadas, cables colgando y chispeando, todo sucio, con olor a moho. Dio un paso y un charco de agua y aceite mojó el pantalón de su traje negro. Frente a él pasaba a máxima velocidad un tren infinito. Se aproximó a él, quedó cara a los vagones que avanzaban perpendicular a su mirada y logró descifrar el nombre que se hallaba inscripto en todos los vagones: “Infinitus”, con su característico símbolo.
El tren se detuvo frente a él, abrió sus puertas y lo invitó a pasar. No había palabras, sonidos, nada, mas él sabía que lo llamaba. Entró y miró a su alrededor. No había nada. Se sentó con los ojos llorosos., sin comprender lo que había pasado, recordando las frases de su esposa: “Él no quiso esperar,… Te dejaremos en paz”. No podía olvidar aquella escena ¿A qué se refería con “dejarlo en paz”? Jamás habían sido un estorbo… o sí? Rememoró su vida junto a ellos, y de alguna forma podía visualizarlo por las ventanas, como un reflejo del pasado. Osco, arisco, soberbio; solo un hombre de negocios, un hombre que no veía la vida que tenía. Su esposa lo consentía y se dejaba de lado para no entorpecer las actividades de su esposo, no hacerlo enfadar, para hacerlo feliz. Ahora no lo tenía. Tantos años y no había advertido que los necesitaba, que los amaba con pasión, tantos años ocultando sus sentimientos para no parecer débil ni cursi que terminó por esconderlos de sí mismo, ignorando lo que sentía de verdad. Su frío corazón comenzó a latir con desesperación. ¿Qué haría ahora? ¿Cómo viviría? ¿Cómo continuar… solo? Se largó a llorar, algo que no había hecho en décadas. El sol blanco se asomó por las ventanas. Él alzó la vista y lo vio detrás de sus lágrimas. Se levantó y miró a través de ellas. Se hallaba sobre un puente y debajo se extendía un amplio valle. La puerta del tren se abrió y sobre ella el mismo cartel que había aparecido en el colectivo. Se aferró del tren y pensó en todo y todos. Debía compensar el sacrificio. Sangre por sangre. Ya nada lo unía a la vida, con el futuro; tomó air, cerró los ojos y se entregó a l vacío. Mientras caía oyó la voz de la gitana en su cabeza:
-Una vez más caes. ¿Cuánto de ti queda dentro?
-Nada me queda, todo lo que tengo es caer- musitó.
-Eso no es verdad. Tú has caído y has exterminado cada parte de ti. No tienes que caer por completo, solo debe caer la parte que no sirve. Solo cambia, no simplemente por ellos, sino por ti. Hazlo. DESPIERTA.
Chocó y despertó. Se hallaba en su asiento, saliendo de la parada del colectivo, por enésima vez. Fuera, La gitana le sonreía. Revisó el reloj, la hora no cambiaba. Debía saber qué era lo que pasaba, se sentía diferente, más… humano, por decirlo de una manera, como si lo hubieran renovado, como si le hubieran arrancado una parte de sí, algo dañino. Se levantó, tomó el portafolio y bajó hecho una tromba del transporte urbano. Fue hacia La gitana y la encaró.
-Creí que no querías oír mis mentiras- dijo burlona.
-¿Por qué? - preguntó agitado - ¿Qué me hiciste?
-Yo solo te guie a tu subconsciente, te mostré lo que eras y debías cambiar. Tú decidiste ir muriendo y consolidar quien eres ahora. Todos te temen e intentan no defraudarte, hasta tu propio hijo te miente para que no te decepciones de él.
-¿Me miente…? ¿De qué hablas?
- Él estudia medicina, odia la contabilidad, pero lo obligaste toda su vida a que sea como tú quieres que sea y no lo dejas ser.
El hombre quedó boquiabierto-
.Mi hijo…
-¡Tu hijo no confía en ti! Y no hay más culpable que tú mismo. Ellos te aman y comprenden, lo que no implica que merezcan ese trato tuyo.
-Ella… Ellos… se suicidaron… por mi- las lágrimas asomaron por sus claros ojos.
-Es lo que hacen día con día, matándose, matando sus sueños e ilusiones para complacerte. ¿Por qué no haces algo por ellos?
Lo vio claro como el agua. Había sido un cretino todo por su “estilo de vida”. Debí cambiar, tenía que cambiar.
El sentimiento de odio y asco hacia La gitana se transformó en agradecimiento.
-Gracias- dijo mirando a la nada- Gracias- musitó.
-Solo… cambia.- y volvió a sonreír dejando que el humo de su vieja pipa de madera saliera por entre sus dientes.
Él salió corriendo tanto como su cuerpo se lo permitía para llegar a su casa lo antes posible.
Llegó al pórtico y observó su gran caserón blanco. Entró y buscó a su mujer. La llamó de forma insistente. De arriba a abajo la buscó. Fue hacia el jardín. Allí estaba, volviendo de cuidar sus azaleas.
-¿Qué ocurre?- Preguntó alarmada.
Él corrió hacia ella y, como un milagro caído del cielo, la besó con gran amor. Ella se ruborizó y quedó atónita.
-¿Qué…?-
-Lo sé, soy un cretino, y lo lamento. Lamento no haberme dado cuenta antes. Te hice daño… se lo hice a todos. Juro que enmendaré las cosas.
Ella lo abrazó con cariño.
- Te amo, y te perdono. Siempre lo hago.
Él la envolvió con sus brazos y miró su reloj. Tocaban las 8:10 hs. Así sonrió y cerró sus ojos, para permanecer en ese abrazo… INFINITO.
FINIS
Año de la Obra: 2013
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